sábado, 4 de mayo de 2013

Inercias


Después de una intensa jornada de trabajo regresé a mi departamento, me sentía muerta de cansancio y en la casa de enfrente se escuchaba mucho ruido, pisadas, música, risas que peleaban por ser discretas pero resonaban, al principio fueron soportables, pero después sentí que me enloquecían.

Enojada, salí de mi casa y toqué una vez a la puerta del vecino escandaloso. Nadie abrió. Volví a intentar, pero nada. El tercero tenía que ser definitivo, azoté mis manos con tanta fuerza contra la puerta  que terminó por abrirse sola y, como olla de presión,  escapó de la casa un aroma a cigarro, alcohol y sexo.

No contuve la curiosidad y entré. Todo se veía nebuloso, el aire era pesado, la música estruendosa y el calor estaba encerrado, pero no había nadie. Caminé hacia donde se escuchaban murmullos y risas, una de las habitaciones se abrió, salió un joven moreno, ojos claros, cabello rizado y sonrisa encantadora.

Dijo que me esperaban, pero yo sólo miraba su cuerpo desnudo, casi perfecto.

¿Cómo me iba a estar esperando mi vecino?, pensé. Pero no me detuve, seguí andando en esa nube de aromas y visiones sexuales, llegué a la última habitación, la puerta estaba entreabierta, la empujé y el rechinido me erizó la piel.

El cuarto estaba a oscuras. Entré y alguien pasó su mano por mi espalda, tomó la puerta y la colocó en la posición entreabierta en la que la encontré. Sólo se dibujaba una diagonal en el piso por la luz que golpeaba con fuerza la oscuridad.

Sentí que un par de manos recorrieron mi vientre, casi atravesaron mi ropa, la quemaron, me la arrancaron. Quedé frente a él, sentí su cuerpo, lo toqué, lo eroticé.

Nos besamos, nos desesperamos, nos violentamos. Me pidió que arañara su espalda y lo hice tan fuerte que sentí que un líquido caliente recorría mis manos, nadie se asustó por la sangre, al contrario, nos excitó más. Y su cuerpo, cual martillo frente al clavo, se movía con intensidad entre mis piernas mientras me pedía que lo mordiera porque casi se venía en mi interior.

Continuaron los besos, lo lancé contra la pared y en un jalón clave mi zapato entre sus pies,  ese dolor reavivo su sexo, lo llenó de fuerza, lo enrojeció. Me encargué de mantenerlo así, respiraba cada vez más fuerte para tratar de contener el final del momento y yo no podía dejar de lamer su entrepierna. Pasamos de la cama al sillón, nos topamos con el muro y llegamos a la puerta. Ahí donde antes se veía un haz de luz, ahora estaban mirándonos el muchacho de cuerpo perfecto y su acompañante.

Casi arranco uno de sus labios por la fuerza del deseo, quería lucirme para el público, que se viera que yo también sabía cómo actuar. Aseguraste que ya no podías contener más tus fluidos, que sentías que explotaría tu miembro y tu corazón. Hice que no escuché y continué con mi tarea, su respiración se volvía exagerada, jadeaba como perro famélico, me lanzó a la cama gritando que ya era el momento, que debía terminar en mí.

Sobre esa King Size golpeó mis muslos con una fuerza que nadie me había mostrado, se hacía cada vez más veloz y la energía de su cuerpo no se comparaba con el remolino de sus ganas, continuaba golpeando, gemí, soltó una lágrima, tomó mis pechos y arreció el movimiento. Sentí que la vida se le estaba escapando, que me la estaba entregando.

Acostumbrada a la oscuridad ya podía ver el color sanguinolento de su mirada, su rostro que mostraba enfermedad por la desesperación de terminar. Explotó y un grito salió desde sus entrañas, fue un crujir profundo. Luego, el silencio, suspiró, cayó de golpe sobre mí, y yo lo sentí contraído, inamovible, inerte…

Diana Delgado Cabañez

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Infidelidad


Te fui infiel. Es la frase con la que decidí empezar nuestra charla. Como debía ser, tú, recargado en la cabecera de la cama y yo frente a la ventana, listos para hablar de nuestros días, de lo que era la vida pero la diferencia era visible, la verdad quemaba mi garganta, ya no podía besarte con esta lengua que me sabía a sal. Decías que notabas mi ausencia y así lo era, no hacía otra cosa que sentir por él.

Insistí en que no había sido una sola vez, quizá lo dije tan fuerte para que entendieras que estuve con otro, para que de forma inconsciente pudiera decirte que no me hacías sentir tanta pasión como la que brotaba cuando estaba con él, quizá para hacerte saber que quería terminar lo que teníamos porque pensaba fugarme a vivir la locura, el desenfreno, la intensidad de sus brazos. Ante eso tuve tu pasmo, pedías más explicaciones de las necesarias y yo te las di. Después de todo, aún te quería.

Exigiste saber cómo había comenzado todo y la verdad no encontré principio, fue fugaz, fue tortuoso, fue inesperado. Sentí por él lo que no sentí por nadie, nunca. Encontré luz en sus ojos, calor en su sonrisa, placer en sus manos. Viví el desquicio, su sensualidad, la desesperación por volver a verlo. Me apasionó hasta los huesos, fue mi tema, fue mi motivo, me inspiró. Sentí. Sentí. Sentí. Así, así tan de repente me llegó su amor.

Mientras más lo decía, más querías saber, era tu manera de entender, supongo. Continuaste cuestionando  los porqués y yo seguí explicando que ese hombre no carecía de nada, poseía las virtudes que había estado buscando. No sé porqué seguí tu juego y confesé que no todo había sido brutal, físico. Que él es inteligente, valiente, integral, una persona con quien lo mismo se puede tener la mejor noche que la plática más profunda y placentera. Que era alguien cuya voz eliminaba  cualquier murmullo y que embriagaba con sus labios.

Qué loca fui, por un momento esperaba que lo entendieras, pero, cómo ibas a entenderlo, cómo podía hacer que aceptaras que te había sido infiel, ¡qué estupidez! Gritaste y ahora yo me enfurecí, traté de defender mi sentimiento. Sabía que contigo tenía la estabilidad, que con él todo era pasión, todo era sexual, pero me negué a tus reclamos y ahí te conté sobre todos los encuentros que habíamos tenido. Hice que recordaras los momentos en los que notabas mi ausencia y los aproveché para platicarte las sensaciones de recorrer su cuerpo, las vibraciones de sus caricias, de sus manos largas y delgadas  dibujando caminos en mi espalda y de sus labios andando sobre ellos.

Con él cumplí todas las imágenes creadas después de una buena lectura. El vino, los libros y los cuerpos fueron nuestro alimento, no había otra cosa que buscar. Hasta su nombre era perfecto, era el recorrido entre dos lugares en los que siempre había encontrado un asidero.

Lo dije y después todo quedó en silencio. Confesé que hacía dos semanas que lo había dejado de ver, era lo mejor. Preguntaste si seguía deseándolo y respondí que sí, con toda el alma. Pero era ese el momento de retirarse, de dejar que su alma siguiera siendo libre y de hacer que la mía volviera a lo real. Confesé que debí despertar de ese sueño, y que con estas palabras entendieras que después de la infidelidad, esperaba que siguieras caminando junto a mí.
Diana Delgado Cabañez

domingo, 21 de octubre de 2012

Invierno



Bastó la noche en que tocaste a la puerta preguntando sí ahí vivía tu hermano Manuel, tú venías de lejos y yo estaba de visita con mis abuelos, recuerdo el aroma de la loción que usabas e incluso el color de la camisa que se convirtió en tu favorita.

Te indiqué que la casa de al lado era el lugar que buscabas y mientras lo decía, tu sonrisa y tu mirada recorrían el frío espacio de mi cuerpo cubierto por más de dos chamarras. Era invierno, y sé que poco a poco descubriste que soy muy friolenta.

Te vi más de una vez, te quedaste a vivir al otro lado de la calle y de mis pensamientos, nunca cruzamos palabras, pero jamás fueron necesarias. Ahora creo que pudimos pasar nuestras vidas en silencio, tan sólo con los encuentros fugaces de nuestros ojos.

Llegadas las fiestas del mes, tu familia resultó sorteada para organizar la quinta posada, ¿sabías que siempre he pensado que el cinco es mi número de la suerte? Ya habían  pasado las otras cuatro y nosotros estábamos limitados a un par de sonrisas y al recuerdo de la noche en la que tu hermano nos obligó a bailar una pieza.

El día de la celebración a las puertas de tu casa y de la mía había llegado. No sé cómo, pero conseguiste mi número de teléfono porque no me encontraste cuando de nuevo tocaste a la  puerta. Respondí y me invitaste a estar contigo esa noche, en la reunión.

Hiciste de todo para congraciarte, para acercarte, lo fuiste logrando, comenzó cuando me invitaste un poco de ponche de tu vaso y terminamos juntos, hablando, en el sofá rojo que tu hermano y tu acababan de comprar. Nunca pensé que esa invitación a estar contigo hubiera tenido tan profundos sentidos.

Hicimos lo que nunca habíamos hecho, hablamos por horas mientras veíamos por la ventana que la calle poco a poco se vaciaba, nos hartamos de palabras y pasamos a los besos, a las caricias, al roce de nuestros cuerpos fríos y temblorosos; quizá por el frío o quizá por los nervios, siempre hablamos del primero para que las emociones no nublaran lo que ahí estaba ocurriendo.

Metí mi mano en tu cabello y mientras me besabas jugué con tus rizos enredados, nos besamos en la boca, en las manos, en los pies y en cuanto rincón encontramos. Casi arranqué la camisa que apenas empezabas a desabotonar, era la misma con la que te había visto la primera vez.

Recuerdo que mordí suavemente tu oreja y eso te enloqueció, me sacaste la ropa y pasamos, giramos, peleamos y llegamos desenfrenadamente del lado izquierdo al lado derecho de la cama, nos enroscamos tanto, hasta que tuviste que detener tu cuerpo y la respiración, para sólo así desenredarnos.

Nuestros rostros, mis pechos, tu abdomen, nuestras piernas, todo quedó frente a frente, nos miramos, nos reconocimos y nos entregamos con la mayor disposición, entraste en mí para llevarte una parte de mi vida y para dejarme parte de la tuya, quedamos prendados con ese deseo surgido del silencio de nuestros anteriores encuentros.

El viento helado de las calles chocaba con el calor y la desesperación que arrancábamos a besos de nuestros cuerpos, las ventanas blancas del vapor, podían haber sido las delatoras de lo que  estábamos viviendo, pero no lo fueron, se quedaron estáticas e inmóviles, como en el momento en que acabamos extasiados y húmedos de pasión.

Creo que desde ahí lo aprendiste, nuestros cuerpos, separados, son fríos como esa noche de invierno en la que te conocí.

Diana Delgado Cabañez

miércoles, 17 de octubre de 2012

Estamos en una “época de oro” para el periodismo: Jorge Luis Sierra


Diana  Delgado Cabañez

“Con la aparición de internet y de las redes sociales, las posibilidades de que los periodistas ganen audiencia son mayores, sin embargo, hace falta profesionalización”, es una de las premisas que Jorge Luis Sierra, psicólogo y periodista, presentó ante los estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

El egresado de Periodismo Internacional en la Universidad del Sur de California,  comentó que es necesaria la profesionalización de los periodistas en todos los ámbitos de la información, y de acuerdo con los avances actuales de la tecnología, el manejo especializado de redes sociales y herramientas digitales exige una mayor preparación.

“Los usuarios ya no se reconocen en los medios, parece que sus intereses ya no están expresados en periódicos ni en revistas, (…) se ha perdido el periodismo dirigido  a la sociedad”.  Es por ello, que los periodistas deben generar los espacios para ganar audiencias, pensando en los temas que les importan y encaminándolos de acuerdo a sus intereses y a las plataformas que utilizan.

De acuerdo con la información presentada por Jorge Luis Sierra, México está colocado en el cuarto lugar mundial  en cuanto al uso de facebook y en el segundo en relación con América Latina, en este sentido, el tiraje de ningún diario del país se acerca a  la cantidad de usuarios ni de información que se produce en la  red social más importante. Es así como a través de las plataformas tecnológicas, “hoy se puede hablar de una época de oro para el periodismo.”

Con el modo tradicional de hacer periodismo, se juega con una distribución vertical de contenidos, es decir, va de quien escribe e investiga hacia quien lee, sin embargo, “con internet  la producción de la información se democratiza, el usuario deja de ser pasivo y la circulación informativa se vuelve horizontal.”

Desde la perspectiva de Jorge Luis Sierra, Twitter es la herramienta  más útil para el periodista, y aclara que el hecho de usar  redes sociales implica también “un balanceo informativo, un sentido ético, profesional, comprometido con la verdad y con apego a la legalidad por parte del periodista (…) estos aspectos son los generadores de la condición fundamental en el periodismo: la credibilidad.”

Antes de concluir, el también psicólogo recomendó a los estudiantes de periodismo a entrar al mundo digital, a aprender a manejar las herramientas tecnológicas, a darle un uso periodístico a las redes sociales y a pensar en las plataformas digitales como medios para el ejercicio informativo de las nuevas generaciones.

Concluyó al mencionar la posibilidad de “combinar los métodos tradicionales de hacer periodismo con los digitales”, así, el periodista podrá generar su propia  audiencia de acuerdo a los temas de interés, y también, extendería el alcance social de la información, rescatando “el verdadero espíritu de las redes sociales: en el que todos se comuniquen con todos”

   Taller de Periodismo Especializado
Darío Fritz
17/Octubre/2012
 Trabajo 21

sábado, 22 de septiembre de 2012

Disculpe las molestias


Viernes, 8:30 de la noche. Las personas caminan, corren, bajan las escaleras mientras cargan sus bolsos, mochilas y el propio cuerpo después de no sólo una jornada sino toda una semana de trabajo.

La gente sube al metro con mucha prisa, no quieren perder el tiempo ahora que comenzó el fin de semana, esperan llegar a sus casas y descansar como merecen.

Todos nos hemos sentido asfixiados cuando vamos en el vagón, cuando escuchamos los murmullos, los gritos, la música estruendosa del vagonero que pone su bocina lo más cercano a los oídos de los pasajeros, y entre esa molestia general, se oyen las risas de algunos jóvenes que están listos para la fiesta de viernes.


La señora de atrás se recarga en mí, quiero aventarla pero evito decirle algo, carga un bebé muy pequeño y se le ve sudorosa, harta. Nadie fue capaz de darle el asiento a pesar de que todos la vieron subir. No faltó el tipo que se hizo el dormido ni la que volteó a la ventana como si se pudiera ver algo interesante en la oscuridad del túnel.

Por ratos el hacinamiento comienza a tener consecuencias en los ánimos de los viajeros, del otro lado del vagón, se escuchan los reclamos –Cabrón, te estoy diciendo que te agarres del tubo. A mi lado, una niña bosteza como imaginando que va camino a su cama. Las personas, cansadas, apenas pueden mantenerse de pie sin que se les doblen las piernas, ya sea por el agotamiento de estar parado o porque el sueño quiere ganarles la partida.

El calor y los aromas son soporíferos, las ventanas están cerradas y por mi mente pasa la idea de pedir que las abran, pero me detengo, pienso que gritar no haría más que dejar escapar un poco del oxígeno limpio, que aún queda en mis pulmones.

El metro no avanza, los minutos y luego las horas cambian, pasan y se burlan. Por ratos acelera el tren y después vuelve a frenar, todo se acompaña de quejas porque los pasajeros fueron azotados por las intempestivas paradas, y uno que otro quedó aprisionado entre la gente o entre los tubos.

El aire está cada vez más denso, supongo, que al igual que yo, todos van pensando alguna forma para no caer en la desesperación.

Cuando el metro reanuda su camino, los ojos de cada pasajero se van iluminando, nos acercamos al momento en el que las puertas se abren y puede entrar el viento helado, el que llega hasta los huesos.

Hacía falta que escapara ese olor a torta mezclado con calor humano y que secaran esas pieles húmedas del sudor que se iba gestando con la espera.

Bastó un poco más, el metro entraba hacia los andenes. Veinte minutos fue el total de tiempo para llegar de una estación a otra, de División del Norte a Eugenia. Los rostros cada vez se veían más favorecidos, la niña de mi lado murmuró a su papá – ¿Ya vamos a llegar? Estoy aburrida y tengo sed- El señor asintió con la cabeza y sonrió mientras limpiaba el sudor que corría por la frente de la pequeña.

Llegó el momento en el que el tren parecía atrancar, pero las voces del metro que sólo surgen cuando se anuncia algo importante no callaban, –El servicio en la estación Eugenia -decían con voz de cajera de supermercado- está previamente suspendido, por lo que el tren no hará parada en la estación. Disculpe las molestias.

Palestina tras el muro



La exposición fotográfica de Rodrigo Jardón,  “Palestina tras el muro”  presentada en la Galería del Museo Casa León Trostky, ubica un problema social mundial entre los israelíes y los palestinos. Las imágenes ofrecen un acercamiento al modo de vida cotidiano de quienes viven dentro y fuera de la ocupación militar  que Israel  inició en 1967 en Cisjordania, así como las luchas administrativas, sociales, económicas, laborales y culturales de Palestina, como esfuerzos para ser reconocida como un estado independiente.

La muestra refleja, en concreto, las riñas que se dan “todos los viernes” desde la construcción del “Muro del Apartheid”, muro que funciona como un límite que aísla a estas dos poblaciones. En las fotos se observa a los jóvenes palestinos arrojando piedras y tratando de saltar la pared como un modo de pelear por su libertad, mientras que los militares de Israel hacen detenciones violentas y arbitrarias, desalojos, bloqueos de tránsito, retenes para salir de la ciudad y humillaciones raciales.

La exposición se compone de 36 fotografías en distintos formatos: ocho imágenes principales  (20x30), doce medianas (11x14) y dos series de ocho fotos cada una (8x10). Además, al final de la galería se encontraba un muro con aproximadamente 60 imágenes (4x).

Las fotos estaban presentadas en los muros de alrededor, iniciaban unas de formato medio, le seguían cuatro de las principales y enseguida la primer serie. Continuaban otras medianas, de nuevo las grandes, la última serie y en otro muro, cerraban las más pequeñas.

Las principales mostraban paisajes de Palestina, las medianas son de los retenes militares, de personas y de lugares públicos. Mientras que las series mostraban en ángulos (y muros) contrapuestos las reacciones con la construcción del muro. En un lado la inconformidad palestina y por el otro la defensa israelí. Todas estas piezas colgaban de la pared a una altura media, estaban enmarcadas y tenían su pie de foto. Las series se exponían en pares, formando un rectángulo de cuatro filas.  El muro final, ilustraba las expresiones gráficas (dibujo y escrito) que los habitantes, turistas y defensores han hecho en el muro, eso permitía apreciar el sentir internacional  en su conjunto.

Surrealismo. Vasos Comunicantes



La capacidad imaginativa y la sugerencia de sus construcciones mentales significaron una revolución artística justo después del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Freud ejerció gran influencia en el movimiento Dadá y Surrealista, André Bretón se dedicó a estudiar el psicoanálisis y las conclusiones freudianas  a través de sus teorías sobre el mundo autónomo creado por los sueños, del automatismo de la mente; así como de la profundidad y oscuridad del inconsciente, a partir de estos estudios, nació la necesidad de expresar lo que se obtenía de los estados hipnóticos que los propios artistas se inducían con el fin de buscar en lo más hondo del pensamiento.

Sin tener como interviniente a la razón, la corriente surrealista construyó de manera poética una serie de métodos y estilos que permitieron descifrar los secretos internos y expresar un cúmulo de significados más allá de los latentes.

Para la exposición realizada en el Museo Nacional de Arte, MUNAL, participaron  alrededor de 60 artistas nacionales e internacionales  mostrando 120 piezas entre pinturas, esculturas, fotografías, grabados, dibujo y video. Se le suma una instalación que simula un “cadáver exquisito” y una sala donde gráficamente se agrupan en un “café” y de manera cronológica, los artistas que dieron pie a la muestra.

En el sentido de pretender distinguir si una obra entra en el juego del surrealismo y siendo que no cuento con herramientas de análisis bien desarrolladas  podría considerarse quizá que algunos pintores latinoamericanos y europeos no son surrealistas, en el sentido de que no estaban preocupados por representar, a través o no de abstracciones, al pensamiento humano; siendo éste el objetivo principal que dio nacimiento a la corriente.

Y en lugar de ello, estos artistas  trataron de cubrir los requisitos gráficos, plásticos e incluso estéticos del surrealismo, dando la impresión de que se basan en un auténtico estudio del inconsciente a través de los sueños, sin llevarlo a cabo. Un ejemplo bien marcado en la exposición de esta disidencia es Frida Kahlo, quien personalmente rechazaba el mote de surrealista al decir que sus obras no podían pertenecer porque ella no pintaba sueños sino su realidad.

Expresionismo alemán en Bellas Artes



El expresionismo es una corriente que buscaba, como su nombre lo anuncia, la forma de expresar los sentimientos y las emociones del artista, en lugar de presentar la realidad pre y post guerra que se vivía en Austria y Alemania a principios del siglo XX.  Las 249 piezas que se exhiben en el Museo del Palacio de Bellas Artes, provienen a préstamo del Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York.

El movimiento se caracterizó por el resurgimiento de una técnica que consideraban primitiva; el grabado en madera. Resaltaban, en su mayoría, las líneas toscas y la estética plana propia de  la técnica; hecha a partir de pedazos de madera, lo cual, eliminaba cualquier intento de profundidad.

La xilografía y la litografía fueron los principales métodos  con los que el expresionismo alemán se extendió, sin embargo, también se utilizaron técnicas como; gouché, aguafuerte, acuarelas, punta seca, carboncillo, pastel, óleo y tinta. Del mismo modo, se usaban matrices en madera y metales, así como bases de tela y papel.

Los colores fuertes, los tonos oscuros, las líneas retorcidas, la falta de formas duras y la casi nula  atención en la perspectiva, resaltan la inestabilidad de los artistas, y sirven como reflejo del sentimiento de la sociedad a través de escenas dramáticas. Del mismo modo, surge la idea de la espiritualidad como un método de  acabar con el materialismo y corrupción de la época. Es aquí donde florecieron la abstracción, el simbolismo y el exceso de color de Kandinsky y Franz Marc.

La mayoría de los artistas de la corriente muestran un compromiso con los problemas sociales y políticos de su tiempo, esto se ve más reflejado a partir del inicio de la Primera Guerra Mundial, en donde los grabados destacaban por los tonos negros y sus imágenes fuertes, mostrando heridos, familias separadas e incluso las propias impresiones de los artistas que como ciudadanos, tuvieron que enlistarse o participar en los servicios médicos militares. La desesperanza se reflejó y a partir de ese momento y hasta la posguerra, el concepto del expresionismo retomó un mayor compromiso.

A lo largo de la posguerra y del establecimiento de las políticas de renovación en Austria y Alemania, la sociedad dejó de confiar en el arte, entonces los trazos se volvieron indiferentes, duros, sin formas claras, los artistas presentaban autorretratos inexpresivos, hicieron un mayor uso de la punta seca y aguafuerte; sin embargo, la xilografía y litografía fueron los más utilizados. Quizá por la experiencia, pero cada vez los trazos eran más exactos, las perspectivas más planas y la ausencia de color más notable.

“Siempre Di Nunca” A. Magallanes



“Siempre di nunca” es la primera exposición museográfica de Alejandro Magallanes, un mexicano que ha destacado por  la creatividad en sus carteles para cine, teatro y con los que hace lucha social (No + Sangre).

La exposición muestra una variedad de formas y de representaciones artísticas que van desde la fotografía, el dibujo y la instalación tanto en video como de objetos, todos bajo una línea de humor negro y constante ironía.

Destaca la forma en que el artista presenta sus obras, algunas enmarcadas o en mesas, otras en el piso y unas más dibujadas en las paredes.  Los títulos  de cada una se encuentran escritos a mano sobre los muros; unos invitan a imaginar los nombres y otros ya lo tienen, pero de un modo ácido. Lo cual hace que la atmósfera se torne más lúdica y relajada.

Una de las secciones que más disfruté fue la proyección de seis animaciones, se presentaron  en una sala oscura y con colchonetas acomodadas de tal forma que podías apreciar todos los videos  desde una posición cómoda. La constante en ellos, era que siempre existía un “eterno retorno” a la actividad que se presentaba. Era un ir y venir de situaciones sin  final aparente, iba desde la navegación sin rumbo, la autopoiesis del rostro, la regeneración de una lombriz y la imposibilidad de cruzar al otro lado.

En esta parte entra a cuento una de las frases con las que inicia la exposición, en la que se resuelve que de tanto repetir una palabra, ésta termina perdiendo su sentido. Y lo mismo sucede en las imágenes, ya que después de estar mirándolas por un tiempo, se llega a caer en la incertidumbre y hasta en la nostalgia de saber que ese eterno ciclo es más bien una condena.

La forma en que Alejandro presenta sus obras provoca que en el espectador nazcan las ganas de jugar a través de sus palabras y de sus representaciones, invita a ser participe, a entender y a reír con sus ironías. Por momentos, sus obras pueden parecer simples, pero en esa sencillez está latente la imaginación e inventiva de quien las creó.

La relación que la exposición tiene con la realidad juega con las dos palabras que se están viendo todo el tiempo: el siempre y el nunca. Esto como un ciclo en el que el ser humano es su propio héroe y verdugo, es el que se abre las puertas y niega las oportunidades, es el que ve, el que observa o el que prefiere cerrar los ojos a lo que está a su alrededor. Es el que siempre puede hacer pero el que nunca da el paso, tal como se ve en la obra “El muro de los lamentos”.

domingo, 25 de marzo de 2012

¿En qué papel lo quiere?

Jaimito ¿qué quieres ser de grande? –Abogado, maestra- Pepe, ¿que nos dices? –Creo que Piloto, sí, sí, eso- ¿Lupita? –Veterinaria, -¿Y tu Chucho? –Yo quiero sacar copias maestra.

Imaginemos un niño, todos conocemos a uno o al menos tenemos uno en mente. Ya vieron su cara de ilusión, sus ojos brillosos, los pequeños huecos en su boca producto de los dientes que se cayeron y no han vuelto. El cabello corto y rizado. En pocas palabras, un chamaco condenado a la belleza, al don de la palabra y a la empatía con los demás.

¿Qué proyecta para la vida un niño con ese potencial? Al menos en su casa, su mamá lo imaginaba presidente, actor o el próximo Luis Miguel. Mientras que para su papá, el chico tenía todo el porte y estilo del jugador de futbol, goleador, campeón y galán, pues esos ojos y rizos eran la locura de las niñas de la primaria.

Todos tenían planes para Chucho, algunos más ambiciosos que otros pero todos llevaban el sello del éxito y reconocimiento. Sin embargo, el pequeño siempre había soñado con las copias, lo alimentaba ese ajetreo que sufría el señor de la papelería cuando su local se llenaba pidiendo juegos y juegos de la maestra Lulú.

Admiraba el aroma del papel recién sacado de su bolsa y a pesar de que sólo contaba con diez años bien podía distinguir entre un texturizado, opalina, couché y bond tan sólo con tocarlos. No había duda, su destino era ese. El problema estaba en enfrentarlo y derrumbar los ideales de sus padres en pro de su felicidad.

Jesús pasó durante años noches enteras ideando la forma de contarles a sus papás, pensó escribirles una carta en un papel de seda para que se convencieran con la calidad pero un día supo que ellos no podrían diferenciarlo de una cartulina. Entonces tomó valor, salió al comedor y les dijo: -mamá, papá quiero ser saca copias, no diseñador, no crítico del papel, saca copias.

Añoro la presión de los lunes por la mañana y de la gente que espera ansiosa su trabajo. Me aprendí la tabla de los 50 centavos porque eso valen las hojas…- La señora rompió en llanto, Jesús dejó de hablar y su papá con la decepción en la mirada lo mandó de vuelta a su habitación.
Pasaron días en los que la familia no le dirigió la palabra a Jesús, todas las noches se oía el llanto de su madre seguido de largas pláticas que trataban de entender el porqué de la actitud de su hijo, quien dejaba de lado su vida de éxito.

Pasado un mes los padres de Jesús decidieron hablar, con más lágrimas de las ya derramadas aceptaron su elección de vida. Argumentaron que no lo entendían pero que preferían eso antes que alejarse de su único hijo.

Los años corrieron, Jesús fue creciendo. Empezó en la papelería de la colonia en la que tantas veces soñó. Por recomendación del dueño, llegó a las copiadoras de un CCH dónde conoció al primer gran amor de su vida. Sin embargo el éxito y fama lo hizo llegar al circuito universitario. La Facultad de Ciencias Políticas y Sociales se convirtió en su nueva casa, ahora sus padres están orgullosos de que el pequeño Jesús pisó la Universidad y se dieron cuenta que a pesar de todo. Su chiquito sí tenía el éxito asegurado.