En el último día oficial de licenciatura.
A mis colegas de generación.
A mis amigos, a quienes amo mucho después de cuatro años y medio de caminar juntos.
Nos conocimos hace tanto y tan poco. Hace tanto que entramos en ese primer semestre, en aquel salón que nos tenía hacinados, pues estaba diseñado para alrededor de 30 personas y albergaba a más de 50 estudiantes. Hace tanto que nos obligaron a aprender el nombre del de junto, a entrevistarnos y a conocernos un poco más, tanto que agarramos confianza y terminamos armando “la vaquita” para la tomadera grupal. Nadie más hizo eso.
No sé cuándo, pero bien recuerdo las primeras veces que destrozaron nuestros textos, aunque quizá nosotros pensamos “no están tan jodidos”, pero sí, eran una porquería. También recuerdo las cosas que hacíamos por ganar una calificación, por ejemplo: disfrazarnos para una pastorela y andar así desde el metro a la Facultad. ¡Qué oso!
Hace tan poco que nos escapábamos de nuestras clases para dedicarnos a los vicios. Alcohol, música, baile… fuimos inconscientes, necios e inmaduros. Ahora que lo pienso, ¿cuántas idioteces no hicimos juntos?, ¿de cuántas cosas no nos salvamos? ¿Cuántas veces no arriesgamos nuestra vida? Y al mismo tiempo, ¿cuántos días no fueron “el mejor día de todos”? ¡Qué cantidad de momentos inolvidables!
El andar por los pasillos de la H. Facultad de Ciencias Políticas y Sociales no hubiera sido lo mismo sin el estrés al momento de las inscripciones, ya sea porque no teníamos recomendaciones, porque el sistema nos mandó al horario más horrible o porque en el último momento, a la página se lo ocurrió quedarse congelada cuando sólo quedaba un lugar con el profesor que queríamos.
Cualquiera que se precie de ser o haber sido estudiante de Polakas sabe que aunque todo estuviera a su favor, llevara horas en la fila y los documentos necesarios; si Pedro Mundo estaba de malas, jamás haría ningún movimiento. En cambio, si lo agarrabas cuando regresaba de desayunar o comer, se abrían lugares con tan sólo un clic.
Dentro de las clases, quién va a olvidar a esa profesora de rizos largos y definidos que, sin ser mala onda, nos tenía más traumados que niña a la que le arrebataron sus dulces, pero que poco a poco descubrimos que haber cursado su materia fue una de las mejores elecciones de la carrera.
Haber descubierto profesores que venían de otros países y que con sus acentos particulares, aportaron y marcaron nuestras vidas. Algunos nos motivaron y otros nos hicieron reafirmar una vocación que en algún momento creímos diluida. Aquellos que nos dieron la mejor definición del periodismo al enseñarnos que se trata de “un helado de vainilla con chispas de chocolate”. Nunca he leído a un teórico más acertado.
Cómo olvidar cuando pasamos cada hora; día; semana; mes; trabajando e investigando sobre lo que, en pocas palabras, definimos como los compañeros “más guapos y buenotes” de la Facultad.
Cuando tomábamos clase de Teorías de la Comunicación y no entendíamos nada, hasta que al caer la noche, fumábamos ideas en forma de tabaco y en medio de una plática sobre chismes, amigos y cosas sexosas (especial énfasis en este último) comprendíamos los conceptos más complejos de Heidegger, Habermas, Luhman, Lyotard, Garfinkel, Baudrillard, etcétera, aunque al hacerlo, nuestra vida “perdiera significación”.
No puedo dejar fuera las peleas con vagabundos al querer hacer un reportaje. Las veces que recorrimos cerros y atravesamos la ciudad con pocos pesos en la bolsa. Algunas veces sin comer y otras sobreviviendo al desvelo, al cansancio y a uno que otro malestar; pero siempre a sabiendas de que nada nos podía impedir cubrir un evento o ir a entrevistar. Esos trabajos que de manera obligada nos hicieron amigos y que por elección nos convirtieron en hermanos.
Quién no se va a quejar (y al mismo tiempo agradecer) por haber cursado una materia en la que, por definición de la profesora, leíamos dos “libros orgásmicos” (más de 350 páginas) por semana, pero a pesar de que sufrimos, aprendimos como locos.
Difícil borrar de mi mente ese semestre en el que cada martes y viernes recreábamos fragmentos de la película de Pedro Infante El Seminarista, porque por primera vez teníamos profesores guapos en una escuela (casi) “para señoritas”.
Lo que siempre ha sido de campeones es tener 10 minutos para trasladarse del CELE/biblioteca/cualquier otra Facultad a Ciencias Políticas (y viceversa), y poder llegar a las respectivas clases. Sinceramente no sé qué odiaré más, estar tan pinche lejos de todo o la rampa que, después de cuatro años y medio, no puedo subir sin jadear.
Cuántas cosas no estoy dejando fuera. Quizá si nuestras ojeras y gastritis hablaran, hasta nosotros nos quedaríamos asombrados. Quizá nunca he sido la mejor amiga o compañera, pero lo he intentado y esto que escribo no es nada comparado con lo que pasó. Son tan sólo 828 palabras y 4 mil 962 caracteres que tratan de hacer recordar, reír, llorar. De esperar que esto que termina nos dé la oportunidad de ir más allá.
Quizá volver a vernos no esté en el calendario, pero por si las dudas…
Gracias, gracias, gracias.
"En cualquier lugar que estuvieran, recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera" GGM De todo un poco...
jueves, 21 de noviembre de 2013
domingo, 22 de septiembre de 2013
¿Tus besos o tu boca?
No sé qué prefiero: si tus besos o tu boca.
Tus besos porque inundan, hidratan, suavizan mi piel, o tu boca que impura recorre mi cuerpo conteniendo suspiros.
Tus besos que son reflejo del alma desolada después de horas de ausencia o tu boca que inhibe y desinhibe todo lo que toca.
Besos que desdoblan al ser, boca que lo multiplica. Me haces una, cientos, miles y a la vez ninguna a través de tus palabras.
Creo que amo más a tu boca, porque en ella se alojan las pasiones, las palabras y tus besos.
Tus besos porque inundan, hidratan, suavizan mi piel, o tu boca que impura recorre mi cuerpo conteniendo suspiros.
Tus besos que son reflejo del alma desolada después de horas de ausencia o tu boca que inhibe y desinhibe todo lo que toca.
Besos que desdoblan al ser, boca que lo multiplica. Me haces una, cientos, miles y a la vez ninguna a través de tus palabras.
Creo que amo más a tu boca, porque en ella se alojan las pasiones, las palabras y tus besos.
sábado, 4 de mayo de 2013
Inercias
Después
de una intensa jornada de trabajo regresé a mi departamento, me sentía muerta
de cansancio y en la casa de enfrente se escuchaba mucho ruido, pisadas,
música, risas que peleaban por ser discretas pero resonaban, al principio
fueron soportables, pero después sentí que me enloquecían.
Enojada,
salí de mi casa y toqué una vez a la puerta del vecino
escandaloso. Nadie abrió. Volví a intentar, pero nada. El tercero tenía que ser
definitivo, azoté mis manos con tanta fuerza contra la puerta que terminó por abrirse sola y, como olla de
presión, escapó de la casa un aroma a
cigarro, alcohol y sexo.
No
contuve la curiosidad y entré. Todo se veía nebuloso, el aire era pesado, la
música estruendosa y el calor estaba encerrado, pero no había nadie. Caminé
hacia donde se escuchaban murmullos y risas, una de las habitaciones se abrió,
salió un joven moreno, ojos claros, cabello rizado y sonrisa encantadora.
Dijo
que me esperaban, pero yo sólo miraba su cuerpo desnudo, casi perfecto.
¿Cómo
me iba a estar esperando mi vecino?, pensé. Pero no me detuve, seguí andando en
esa nube de aromas y visiones sexuales, llegué a la última habitación, la
puerta estaba entreabierta, la empujé y el rechinido me erizó la piel.
El
cuarto estaba a oscuras. Entré y alguien pasó su mano por mi espalda, tomó la
puerta y la colocó en la posición entreabierta en la que la encontré. Sólo se
dibujaba una diagonal en el piso por la luz que golpeaba con fuerza la oscuridad.
Sentí
que un par de manos recorrieron mi vientre, casi atravesaron mi ropa, la
quemaron, me la arrancaron. Quedé frente a él, sentí su cuerpo, lo toqué, lo
eroticé.
Nos
besamos, nos desesperamos, nos violentamos. Me pidió que arañara su espalda y
lo hice tan fuerte que sentí que un líquido caliente recorría mis manos, nadie
se asustó por la sangre, al contrario, nos excitó más. Y su cuerpo, cual
martillo frente al clavo, se movía con intensidad entre mis piernas mientras me
pedía que lo mordiera porque casi se venía en mi interior.
Continuaron
los besos, lo lancé contra la pared y en un jalón clave mi zapato entre sus
pies, ese dolor reavivo su sexo, lo
llenó de fuerza, lo enrojeció. Me encargué de mantenerlo así, respiraba cada
vez más fuerte para tratar de contener el final del momento y yo no podía dejar
de lamer su entrepierna. Pasamos de la cama al sillón, nos topamos con el muro
y llegamos a la puerta. Ahí donde antes se veía un haz de luz, ahora estaban
mirándonos el muchacho de cuerpo perfecto y su acompañante.
Casi
arranco uno de sus labios por la fuerza del deseo, quería lucirme para el
público, que se viera que yo también sabía cómo actuar. Aseguraste que ya no
podías contener más tus fluidos, que sentías que explotaría tu miembro y tu
corazón. Hice que no escuché y continué con mi tarea, su respiración se volvía
exagerada, jadeaba como perro famélico, me lanzó a la cama gritando que ya era
el momento, que debía terminar en mí.
Sobre
esa King Size golpeó mis muslos con
una fuerza que nadie me había mostrado, se hacía cada vez más veloz y la
energía de su cuerpo no se comparaba con el remolino de sus ganas, continuaba
golpeando, gemí, soltó una lágrima, tomó mis pechos y arreció el movimiento.
Sentí que la vida se le estaba escapando, que me la estaba entregando.
Acostumbrada
a la oscuridad ya podía ver el color sanguinolento de su mirada, su rostro que
mostraba enfermedad por la desesperación de terminar. Explotó y un grito salió desde
sus entrañas, fue un crujir profundo. Luego, el silencio, suspiró, cayó de
golpe sobre mí, y yo lo sentí contraído, inamovible, inerte…
Diana Delgado Cabañez
miércoles, 19 de diciembre de 2012
Infidelidad
Te fui infiel. Es la frase con la que
decidí empezar nuestra charla. Como debía ser, tú, recargado en la cabecera de
la cama y yo frente a la ventana, listos para hablar de nuestros días, de lo
que era la vida pero la diferencia era visible, la verdad quemaba mi garganta,
ya no podía besarte con esta lengua que me sabía a sal. Decías que notabas mi
ausencia y así lo era, no hacía otra cosa que sentir por él.
Insistí en que no había sido una sola
vez, quizá lo dije tan fuerte para que entendieras que estuve con otro, para
que de forma inconsciente pudiera decirte que no me hacías sentir tanta pasión
como la que brotaba cuando estaba con él, quizá para hacerte saber que quería
terminar lo que teníamos porque pensaba fugarme a vivir la locura, el
desenfreno, la intensidad de sus brazos. Ante eso tuve tu pasmo, pedías más
explicaciones de las necesarias y yo te las di. Después de todo, aún te quería.
Exigiste saber cómo había comenzado
todo y la verdad no encontré principio, fue fugaz, fue tortuoso, fue
inesperado. Sentí por él lo que no sentí por nadie, nunca. Encontré luz en sus
ojos, calor en su sonrisa, placer en sus manos. Viví el desquicio, su
sensualidad, la desesperación por volver a verlo. Me apasionó hasta los huesos,
fue mi tema, fue mi motivo, me inspiró. Sentí. Sentí. Sentí. Así, así tan de
repente me llegó su amor.
Mientras más lo decía, más querías
saber, era tu manera de entender, supongo. Continuaste cuestionando los porqués y yo seguí explicando que ese
hombre no carecía de nada, poseía las virtudes que había estado buscando. No sé
porqué seguí tu juego y confesé que no todo había sido brutal, físico. Que él
es inteligente, valiente, integral, una persona con quien lo mismo se puede
tener la mejor noche que la plática más profunda y placentera. Que era alguien
cuya voz eliminaba cualquier murmullo y
que embriagaba con sus labios.
Qué loca fui, por un momento esperaba
que lo entendieras, pero, cómo ibas a entenderlo, cómo podía hacer que aceptaras
que te había sido infiel, ¡qué estupidez! Gritaste y ahora yo me enfurecí,
traté de defender mi sentimiento. Sabía que contigo tenía la estabilidad, que
con él todo era pasión, todo era sexual, pero me negué a tus reclamos y ahí te
conté sobre todos los encuentros que habíamos tenido. Hice que recordaras los
momentos en los que notabas mi ausencia y los aproveché para platicarte las
sensaciones de recorrer su cuerpo, las vibraciones de sus caricias, de sus
manos largas y delgadas dibujando
caminos en mi espalda y de sus labios andando sobre ellos.
Con él cumplí todas las imágenes
creadas después de una buena lectura. El vino, los libros y los cuerpos fueron
nuestro alimento, no había otra cosa que buscar. Hasta su nombre era perfecto,
era el recorrido entre dos lugares en los que siempre había encontrado un
asidero.
Lo dije y después todo quedó en
silencio. Confesé que hacía dos semanas que lo había dejado de ver, era lo
mejor. Preguntaste si seguía deseándolo y respondí que sí, con toda el alma. Pero
era ese el momento de retirarse, de dejar que su alma siguiera siendo libre y
de hacer que la mía volviera a lo real. Confesé que debí despertar de ese
sueño, y que con estas palabras entendieras que después de la infidelidad, esperaba
que siguieras caminando junto a mí.
Diana Delgado Cabañez
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domingo, 21 de octubre de 2012
Invierno
Bastó la noche en que tocaste a la puerta preguntando sí ahí vivía tu hermano Manuel, tú venías de lejos y yo estaba de visita con mis abuelos, recuerdo el aroma de la loción que usabas e incluso el color de la camisa que se convirtió en tu favorita.
Te indiqué que la casa de al lado era el lugar que buscabas y mientras lo decía, tu sonrisa y tu mirada recorrían el frío espacio de mi cuerpo cubierto por más de dos chamarras. Era invierno, y sé que poco a poco descubriste que soy muy friolenta.
Te vi más de una vez, te quedaste a vivir al otro lado de la calle y de mis pensamientos, nunca cruzamos palabras, pero jamás fueron necesarias. Ahora creo que pudimos pasar nuestras vidas en silencio, tan sólo con los encuentros fugaces de nuestros ojos.
Llegadas las fiestas del mes, tu familia resultó sorteada para organizar la quinta posada, ¿sabías que siempre he pensado que el cinco es mi número de la suerte? Ya habían pasado las otras cuatro y nosotros estábamos limitados a un par de sonrisas y al recuerdo de la noche en la que tu hermano nos obligó a bailar una pieza.
El día de la celebración a las puertas de tu casa y de la mía había llegado. No sé cómo, pero conseguiste mi número de teléfono porque no me encontraste cuando de nuevo tocaste a la puerta. Respondí y me invitaste a estar contigo esa noche, en la reunión.
Hiciste de todo para congraciarte, para acercarte, lo fuiste logrando, comenzó cuando me invitaste un poco de ponche de tu vaso y terminamos juntos, hablando, en el sofá rojo que tu hermano y tu acababan de comprar. Nunca pensé que esa invitación a estar contigo hubiera tenido tan profundos sentidos.
Hicimos lo que nunca habíamos hecho, hablamos por horas mientras veíamos por la ventana que la calle poco a poco se vaciaba, nos hartamos de palabras y pasamos a los besos, a las caricias, al roce de nuestros cuerpos fríos y temblorosos; quizá por el frío o quizá por los nervios, siempre hablamos del primero para que las emociones no nublaran lo que ahí estaba ocurriendo.
Metí mi mano en tu cabello y mientras me besabas jugué con tus rizos enredados, nos besamos en la boca, en las manos, en los pies y en cuanto rincón encontramos. Casi arranqué la camisa que apenas empezabas a desabotonar, era la misma con la que te había visto la primera vez.
Recuerdo que mordí suavemente tu oreja y eso te enloqueció, me sacaste la ropa y pasamos, giramos, peleamos y llegamos desenfrenadamente del lado izquierdo al lado derecho de la cama, nos enroscamos tanto, hasta que tuviste que detener tu cuerpo y la respiración, para sólo así desenredarnos.
Nuestros rostros, mis pechos, tu abdomen, nuestras piernas, todo quedó frente a frente, nos miramos, nos reconocimos y nos entregamos con la mayor disposición, entraste en mí para llevarte una parte de mi vida y para dejarme parte de la tuya, quedamos prendados con ese deseo surgido del silencio de nuestros anteriores encuentros.
El viento helado de las calles chocaba con el calor y la desesperación que arrancábamos a besos de nuestros cuerpos, las ventanas blancas del vapor, podían haber sido las delatoras de lo que estábamos viviendo, pero no lo fueron, se quedaron estáticas e inmóviles, como en el momento en que acabamos extasiados y húmedos de pasión.
Creo que desde ahí lo aprendiste, nuestros cuerpos, separados, son fríos como esa noche de invierno en la que te conocí.
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miércoles, 17 de octubre de 2012
Estamos en una “época de oro” para el periodismo: Jorge Luis Sierra
Diana Delgado Cabañez
“Con
la aparición de internet y de las redes sociales, las posibilidades de que los
periodistas ganen audiencia son mayores, sin embargo, hace falta
profesionalización”, es una de las premisas que Jorge Luis Sierra, psicólogo y
periodista, presentó ante los estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas
y Sociales de la UNAM.
El
egresado de Periodismo Internacional en la Universidad del Sur de California, comentó que es necesaria la profesionalización
de los periodistas en todos los ámbitos de la información, y de acuerdo con los
avances actuales de la tecnología, el manejo especializado de redes sociales y
herramientas digitales exige una mayor preparación.
“Los
usuarios ya no se reconocen en los medios, parece que sus intereses ya no están
expresados en periódicos ni en revistas, (…) se ha perdido el periodismo dirigido
a la sociedad”. Es por ello, que los periodistas deben generar
los espacios para ganar audiencias, pensando en los temas que les importan y encaminándolos
de acuerdo a sus intereses y a las plataformas que utilizan.
De
acuerdo con la información presentada por Jorge Luis Sierra, México está colocado
en el cuarto lugar mundial en cuanto al
uso de facebook y en el segundo en
relación con América Latina, en este sentido, el tiraje de ningún diario del
país se acerca a la cantidad de usuarios
ni de información que se produce en la red social más importante. Es así como a
través de las plataformas tecnológicas, “hoy se puede hablar de una época de oro
para el periodismo.”
Con
el modo tradicional de hacer periodismo, se juega con una distribución vertical
de contenidos, es decir, va de quien escribe e investiga hacia quien lee, sin
embargo, “con internet la producción de
la información se democratiza, el usuario deja de ser pasivo y la circulación
informativa se vuelve horizontal.”
Desde
la perspectiva de Jorge Luis Sierra, Twitter
es la herramienta más útil para el
periodista, y aclara que el hecho de usar
redes sociales implica también “un balanceo informativo, un sentido
ético, profesional, comprometido con la verdad y con apego a la legalidad por
parte del periodista (…) estos aspectos son los generadores de la condición
fundamental en el periodismo: la credibilidad.”
Antes
de concluir, el también psicólogo recomendó a los estudiantes de periodismo a
entrar al mundo digital, a aprender a manejar las herramientas tecnológicas, a
darle un uso periodístico a las redes sociales y a pensar en las plataformas
digitales como medios para el ejercicio informativo de las nuevas generaciones.
Concluyó
al mencionar la posibilidad de “combinar los métodos tradicionales de hacer
periodismo con los digitales”, así, el periodista podrá generar su propia audiencia de acuerdo a los temas de interés, y
también, extendería el alcance social de la información, rescatando “el verdadero
espíritu de las redes sociales: en el que todos se comuniquen con todos”
Darío
Fritz
17/Octubre/2012
Trabajo
21
sábado, 22 de septiembre de 2012
Disculpe las molestias
Viernes, 8:30 de la noche. Las personas caminan, corren, bajan las escaleras mientras cargan sus bolsos, mochilas y el propio cuerpo después de no sólo una jornada sino toda una semana de trabajo.
La gente sube al metro con mucha prisa, no quieren perder el tiempo ahora que comenzó el fin de semana, esperan llegar a sus casas y descansar como merecen.
Todos nos hemos sentido asfixiados cuando vamos en el vagón, cuando escuchamos los murmullos, los gritos, la música estruendosa del vagonero que pone su bocina lo más cercano a los oídos de los pasajeros, y entre esa molestia general, se oyen las risas de algunos jóvenes que están listos para la fiesta de viernes.
La señora de atrás se recarga en mí, quiero aventarla pero evito decirle algo, carga un bebé muy pequeño y se le ve sudorosa, harta. Nadie fue capaz de darle el asiento a pesar de que todos la vieron subir. No faltó el tipo que se hizo el dormido ni la que volteó a la ventana como si se pudiera ver algo interesante en la oscuridad del túnel.
Por ratos el hacinamiento comienza a tener consecuencias en los ánimos de los viajeros, del otro lado del vagón, se escuchan los reclamos –Cabrón, te estoy diciendo que te agarres del tubo. A mi lado, una niña bosteza como imaginando que va camino a su cama. Las personas, cansadas, apenas pueden mantenerse de pie sin que se les doblen las piernas, ya sea por el agotamiento de estar parado o porque el sueño quiere ganarles la partida.
El calor y los aromas son soporíferos, las ventanas están cerradas y por mi mente pasa la idea de pedir que las abran, pero me detengo, pienso que gritar no haría más que dejar escapar un poco del oxígeno limpio, que aún queda en mis pulmones.
El metro no avanza, los minutos y luego las horas cambian, pasan y se burlan. Por ratos acelera el tren y después vuelve a frenar, todo se acompaña de quejas porque los pasajeros fueron azotados por las intempestivas paradas, y uno que otro quedó aprisionado entre la gente o entre los tubos.
El aire está cada vez más denso, supongo, que al igual que yo, todos van pensando alguna forma para no caer en la desesperación.
Cuando el metro reanuda su camino, los ojos de cada pasajero se van iluminando, nos acercamos al momento en el que las puertas se abren y puede entrar el viento helado, el que llega hasta los huesos.
Hacía falta que escapara ese olor a torta mezclado con calor humano y que secaran esas pieles húmedas del sudor que se iba gestando con la espera.
Bastó un poco más, el metro entraba hacia los andenes. Veinte minutos fue el total de tiempo para llegar de una estación a otra, de División del Norte a Eugenia. Los rostros cada vez se veían más favorecidos, la niña de mi lado murmuró a su papá – ¿Ya vamos a llegar? Estoy aburrida y tengo sed- El señor asintió con la cabeza y sonrió mientras limpiaba el sudor que corría por la frente de la pequeña.
Llegó el momento en el que el tren parecía atrancar, pero las voces del metro que sólo surgen cuando se anuncia algo importante no callaban, –El servicio en la estación Eugenia -decían con voz de cajera de supermercado- está previamente suspendido, por lo que el tren no hará parada en la estación. Disculpe las molestias.
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Palestina tras el muro
La exposición fotográfica de Rodrigo
Jardón, “Palestina tras el muro”
presentada en la Galería del Museo Casa León Trostky, ubica un problema
social mundial entre los israelíes y los palestinos. Las imágenes ofrecen un
acercamiento al modo de vida cotidiano de quienes viven dentro y fuera de la
ocupación militar que Israel inició en 1967 en Cisjordania, así como las
luchas administrativas, sociales, económicas, laborales y culturales de
Palestina, como esfuerzos para ser reconocida como un estado independiente.
La muestra
refleja, en concreto, las riñas que se dan “todos los viernes” desde la
construcción del “Muro del Apartheid”, muro que funciona como un límite que
aísla a estas dos poblaciones. En las fotos se observa a los jóvenes palestinos
arrojando piedras y tratando de saltar la pared como un modo de pelear por su
libertad, mientras que los militares de Israel hacen detenciones violentas y
arbitrarias, desalojos, bloqueos de tránsito, retenes para salir de la ciudad y
humillaciones raciales.
La
exposición se compone de 36 fotografías en distintos formatos: ocho imágenes
principales (20x30), doce medianas
(11x14) y dos series de ocho fotos cada una (8x10). Además, al final de la
galería se encontraba un muro con aproximadamente 60 imágenes (4x).
Las fotos
estaban presentadas en los muros de alrededor, iniciaban unas de formato medio,
le seguían cuatro de las principales y enseguida la primer serie. Continuaban
otras medianas, de nuevo las grandes, la última serie y en otro muro, cerraban
las más pequeñas.
Las
principales mostraban paisajes de Palestina, las medianas son de los retenes
militares, de personas y de lugares públicos. Mientras que las series mostraban
en ángulos (y muros) contrapuestos las reacciones con la construcción del muro.
En un lado la inconformidad palestina y por el otro la defensa israelí. Todas
estas piezas colgaban de la pared a una altura media, estaban enmarcadas y
tenían su pie de foto. Las series se exponían en pares, formando un rectángulo
de cuatro filas. El muro final,
ilustraba las expresiones gráficas (dibujo y escrito) que los habitantes,
turistas y defensores han hecho en el muro, eso permitía apreciar el sentir internacional en su conjunto.
Surrealismo. Vasos Comunicantes
La capacidad imaginativa y la
sugerencia de sus construcciones mentales significaron una revolución artística
justo después del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Freud ejerció gran
influencia en el movimiento Dadá y Surrealista, André Bretón se dedicó a
estudiar el psicoanálisis y las conclusiones freudianas a través de sus teorías sobre el mundo
autónomo creado por los sueños, del automatismo de la mente; así como de la
profundidad y oscuridad del inconsciente, a partir de estos estudios, nació la
necesidad de expresar lo que se obtenía de los estados hipnóticos que los
propios artistas se inducían con el fin de buscar en lo más hondo del pensamiento.
Sin tener como interviniente a la
razón, la corriente surrealista construyó de manera poética una serie de
métodos y estilos que permitieron descifrar los secretos internos y expresar un
cúmulo de significados más allá de los latentes.
Para la exposición realizada en el
Museo Nacional de Arte, MUNAL, participaron
alrededor de 60 artistas nacionales e internacionales mostrando 120 piezas entre pinturas,
esculturas, fotografías, grabados, dibujo y video. Se le suma una instalación
que simula un “cadáver exquisito” y una sala donde gráficamente se agrupan en
un “café” y de manera cronológica, los artistas que dieron pie a la muestra.
En el sentido de pretender distinguir
si una obra entra en el juego del surrealismo y siendo que no cuento con herramientas
de análisis bien desarrolladas podría considerarse
quizá que algunos pintores latinoamericanos y europeos no son surrealistas, en
el sentido de que no estaban preocupados por representar, a través o no de
abstracciones, al pensamiento humano; siendo éste el objetivo principal que dio
nacimiento a la corriente.
Y en lugar de ello, estos
artistas trataron de cubrir los
requisitos gráficos, plásticos e incluso estéticos del surrealismo, dando la
impresión de que se basan en un auténtico estudio del inconsciente a través de
los sueños, sin llevarlo a cabo. Un ejemplo bien marcado en la exposición de
esta disidencia es Frida Kahlo, quien personalmente rechazaba el mote de
surrealista al decir que sus obras no podían pertenecer porque ella no pintaba
sueños sino su realidad.
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Expresionismo alemán en Bellas Artes
El
expresionismo es una corriente que buscaba, como su nombre lo anuncia, la forma
de expresar los sentimientos y las emociones del artista, en lugar de presentar
la realidad pre y post guerra que se vivía en Austria y Alemania a principios
del siglo XX. Las 249 piezas que se
exhiben en el Museo del Palacio de Bellas Artes, provienen a préstamo del Museo
de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York.
El
movimiento se caracterizó por el resurgimiento de una técnica que consideraban
primitiva; el grabado en madera. Resaltaban, en su mayoría, las líneas toscas y
la estética plana propia de la técnica;
hecha a partir de pedazos de madera, lo cual, eliminaba cualquier intento de
profundidad.
La
xilografía y la litografía fueron los principales métodos con los que el expresionismo alemán se
extendió, sin embargo, también se utilizaron técnicas como; gouché, aguafuerte,
acuarelas, punta seca, carboncillo, pastel, óleo y tinta. Del mismo modo, se
usaban matrices en madera y metales, así como bases de tela y papel.
Los
colores fuertes, los tonos oscuros, las líneas retorcidas, la falta de formas
duras y la casi nula atención en la
perspectiva, resaltan la inestabilidad de los artistas, y sirven como reflejo
del sentimiento de la sociedad a través de escenas dramáticas. Del mismo modo,
surge la idea de la espiritualidad como un método de acabar con el materialismo y corrupción de la
época. Es aquí donde florecieron la abstracción, el simbolismo y el exceso de
color de Kandinsky y Franz Marc.
La
mayoría de los artistas de la corriente muestran un compromiso con los
problemas sociales y políticos de su tiempo, esto se ve más reflejado a partir
del inicio de la Primera Guerra Mundial, en donde los grabados destacaban por
los tonos negros y sus imágenes fuertes, mostrando heridos, familias separadas
e incluso las propias impresiones de los artistas que como ciudadanos, tuvieron
que enlistarse o participar en los servicios médicos militares. La desesperanza
se reflejó y a partir de ese momento y hasta la posguerra, el concepto del
expresionismo retomó un mayor compromiso.
A
lo largo de la posguerra y del establecimiento de las políticas de renovación
en Austria y Alemania, la sociedad dejó de confiar en el arte, entonces los
trazos se volvieron indiferentes, duros, sin formas claras, los artistas presentaban
autorretratos inexpresivos, hicieron un mayor uso de la punta seca y
aguafuerte; sin embargo, la xilografía y litografía fueron los más utilizados. Quizá
por la experiencia, pero cada vez los trazos eran más exactos, las perspectivas
más planas y la ausencia de color más notable.
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