"En cualquier lugar que estuvieran, recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera" GGM De todo un poco...
sábado, 25 de octubre de 2014
De cuando conocí a Graciela Iturbide
jueves, 31 de julio de 2014
Contradicciones
Fuimos un entramado de aciones, como esos trazos deformes causados por las ramas de los árboles y que cualquiera puede encontrar dibujados sobre un cielo azul en una tarde de mayo o de cualquier otoño.
Al conocernos, muchos dijeron que gracias a ti centré mis pensamientos, dejé de ser egoísta y cambió mi modo de ser con el mundo. Dijeron, también, que yo fui el color de tu vida, la desfachatez y la ironía que te hacía falta entender. Nunca creyeron que yo sería capaz de corromper tus silencios y de aprender de ti a disfrutar del vacío.
Siempre fuimos uno contra el otro, pero también fuimos uno con el otro. Sinceramente no me sorprende que incluso ahora que ya no estamos juntos, sigo dibujando en ti una sonrisa cuando digo un sinsentido.
Te conocí un invierno y para mi siempre fuiste un cálido enero. Hubo días en los que viví en la cercanía del mundo que tantas veces Borges describió, sentí que muchos anhelos llegaron a buen puerto y que la felicidad es algo por lo cual se trabaja. Constantemente pienso en esas tardes de domingo acompañadas de besos con sabor a café y de noches coloreadas y con prisa, porque a pesar de todo, nunca pudimos detener el tiempo.
Lo entendí. Somos contradicción pura, como el agua y el aceite, el blanco contra el negro, el cielo y el infierno, el uno para el otro. Tu pensabas en llegar a más y yo empecé a creer menos. Eras el día y yo fui tu noche. Luego pronunciaste ese te amo, pero ya no quiero estar contigo.
Diana Delgado
jueves, 21 de noviembre de 2013
Hace tanto y tan poco
A mis colegas de generación.
A mis amigos, a quienes amo mucho después de cuatro años y medio de caminar juntos.
Nos conocimos hace tanto y tan poco. Hace tanto que entramos en ese primer semestre, en aquel salón que nos tenía hacinados, pues estaba diseñado para alrededor de 30 personas y albergaba a más de 50 estudiantes. Hace tanto que nos obligaron a aprender el nombre del de junto, a entrevistarnos y a conocernos un poco más, tanto que agarramos confianza y terminamos armando “la vaquita” para la tomadera grupal. Nadie más hizo eso.
No sé cuándo, pero bien recuerdo las primeras veces que destrozaron nuestros textos, aunque quizá nosotros pensamos “no están tan jodidos”, pero sí, eran una porquería. También recuerdo las cosas que hacíamos por ganar una calificación, por ejemplo: disfrazarnos para una pastorela y andar así desde el metro a la Facultad. ¡Qué oso!
Hace tan poco que nos escapábamos de nuestras clases para dedicarnos a los vicios. Alcohol, música, baile… fuimos inconscientes, necios e inmaduros. Ahora que lo pienso, ¿cuántas idioteces no hicimos juntos?, ¿de cuántas cosas no nos salvamos? ¿Cuántas veces no arriesgamos nuestra vida? Y al mismo tiempo, ¿cuántos días no fueron “el mejor día de todos”? ¡Qué cantidad de momentos inolvidables!
El andar por los pasillos de la H. Facultad de Ciencias Políticas y Sociales no hubiera sido lo mismo sin el estrés al momento de las inscripciones, ya sea porque no teníamos recomendaciones, porque el sistema nos mandó al horario más horrible o porque en el último momento, a la página se lo ocurrió quedarse congelada cuando sólo quedaba un lugar con el profesor que queríamos.
Cualquiera que se precie de ser o haber sido estudiante de Polakas sabe que aunque todo estuviera a su favor, llevara horas en la fila y los documentos necesarios; si Pedro Mundo estaba de malas, jamás haría ningún movimiento. En cambio, si lo agarrabas cuando regresaba de desayunar o comer, se abrían lugares con tan sólo un clic.
Dentro de las clases, quién va a olvidar a esa profesora de rizos largos y definidos que, sin ser mala onda, nos tenía más traumados que niña a la que le arrebataron sus dulces, pero que poco a poco descubrimos que haber cursado su materia fue una de las mejores elecciones de la carrera.
Haber descubierto profesores que venían de otros países y que con sus acentos particulares, aportaron y marcaron nuestras vidas. Algunos nos motivaron y otros nos hicieron reafirmar una vocación que en algún momento creímos diluida. Aquellos que nos dieron la mejor definición del periodismo al enseñarnos que se trata de “un helado de vainilla con chispas de chocolate”. Nunca he leído a un teórico más acertado.
Cómo olvidar cuando pasamos cada hora; día; semana; mes; trabajando e investigando sobre lo que, en pocas palabras, definimos como los compañeros “más guapos y buenotes” de la Facultad.
Cuando tomábamos clase de Teorías de la Comunicación y no entendíamos nada, hasta que al caer la noche, fumábamos ideas en forma de tabaco y en medio de una plática sobre chismes, amigos y cosas sexosas (especial énfasis en este último) comprendíamos los conceptos más complejos de Heidegger, Habermas, Luhman, Lyotard, Garfinkel, Baudrillard, etcétera, aunque al hacerlo, nuestra vida “perdiera significación”.
No puedo dejar fuera las peleas con vagabundos al querer hacer un reportaje. Las veces que recorrimos cerros y atravesamos la ciudad con pocos pesos en la bolsa. Algunas veces sin comer y otras sobreviviendo al desvelo, al cansancio y a uno que otro malestar; pero siempre a sabiendas de que nada nos podía impedir cubrir un evento o ir a entrevistar. Esos trabajos que de manera obligada nos hicieron amigos y que por elección nos convirtieron en hermanos.
Quién no se va a quejar (y al mismo tiempo agradecer) por haber cursado una materia en la que, por definición de la profesora, leíamos dos “libros orgásmicos” (más de 350 páginas) por semana, pero a pesar de que sufrimos, aprendimos como locos.
Difícil borrar de mi mente ese semestre en el que cada martes y viernes recreábamos fragmentos de la película de Pedro Infante El Seminarista, porque por primera vez teníamos profesores guapos en una escuela (casi) “para señoritas”.
Lo que siempre ha sido de campeones es tener 10 minutos para trasladarse del CELE/biblioteca/cualquier otra Facultad a Ciencias Políticas (y viceversa), y poder llegar a las respectivas clases. Sinceramente no sé qué odiaré más, estar tan pinche lejos de todo o la rampa que, después de cuatro años y medio, no puedo subir sin jadear.
Cuántas cosas no estoy dejando fuera. Quizá si nuestras ojeras y gastritis hablaran, hasta nosotros nos quedaríamos asombrados. Quizá nunca he sido la mejor amiga o compañera, pero lo he intentado y esto que escribo no es nada comparado con lo que pasó. Son tan sólo 828 palabras y 4 mil 962 caracteres que tratan de hacer recordar, reír, llorar. De esperar que esto que termina nos dé la oportunidad de ir más allá.
Quizá volver a vernos no esté en el calendario, pero por si las dudas…
Gracias, gracias, gracias.
domingo, 22 de septiembre de 2013
¿Tus besos o tu boca?
Tus besos porque inundan, hidratan, suavizan mi piel, o tu boca que impura recorre mi cuerpo conteniendo suspiros.
Tus besos que son reflejo del alma desolada después de horas de ausencia o tu boca que inhibe y desinhibe todo lo que toca.
Besos que desdoblan al ser, boca que lo multiplica. Me haces una, cientos, miles y a la vez ninguna a través de tus palabras.
Creo que amo más a tu boca, porque en ella se alojan las pasiones, las palabras y tus besos.
sábado, 4 de mayo de 2013
Inercias
miércoles, 19 de diciembre de 2012
Infidelidad
domingo, 21 de octubre de 2012
Invierno
miércoles, 17 de octubre de 2012
Estamos en una “época de oro” para el periodismo: Jorge Luis Sierra
sábado, 22 de septiembre de 2012
Disculpe las molestias
Viernes, 8:30 de la noche. Las personas caminan, corren, bajan las escaleras mientras cargan sus bolsos, mochilas y el propio cuerpo después de no sólo una jornada sino toda una semana de trabajo.
La gente sube al metro con mucha prisa, no quieren perder el tiempo ahora que comenzó el fin de semana, esperan llegar a sus casas y descansar como merecen.
Todos nos hemos sentido asfixiados cuando vamos en el vagón, cuando escuchamos los murmullos, los gritos, la música estruendosa del vagonero que pone su bocina lo más cercano a los oídos de los pasajeros, y entre esa molestia general, se oyen las risas de algunos jóvenes que están listos para la fiesta de viernes.
La señora de atrás se recarga en mí, quiero aventarla pero evito decirle algo, carga un bebé muy pequeño y se le ve sudorosa, harta. Nadie fue capaz de darle el asiento a pesar de que todos la vieron subir. No faltó el tipo que se hizo el dormido ni la que volteó a la ventana como si se pudiera ver algo interesante en la oscuridad del túnel.
Por ratos el hacinamiento comienza a tener consecuencias en los ánimos de los viajeros, del otro lado del vagón, se escuchan los reclamos –Cabrón, te estoy diciendo que te agarres del tubo. A mi lado, una niña bosteza como imaginando que va camino a su cama. Las personas, cansadas, apenas pueden mantenerse de pie sin que se les doblen las piernas, ya sea por el agotamiento de estar parado o porque el sueño quiere ganarles la partida.
El calor y los aromas son soporíferos, las ventanas están cerradas y por mi mente pasa la idea de pedir que las abran, pero me detengo, pienso que gritar no haría más que dejar escapar un poco del oxígeno limpio, que aún queda en mis pulmones.
El metro no avanza, los minutos y luego las horas cambian, pasan y se burlan. Por ratos acelera el tren y después vuelve a frenar, todo se acompaña de quejas porque los pasajeros fueron azotados por las intempestivas paradas, y uno que otro quedó aprisionado entre la gente o entre los tubos.
El aire está cada vez más denso, supongo, que al igual que yo, todos van pensando alguna forma para no caer en la desesperación.
Cuando el metro reanuda su camino, los ojos de cada pasajero se van iluminando, nos acercamos al momento en el que las puertas se abren y puede entrar el viento helado, el que llega hasta los huesos.
Hacía falta que escapara ese olor a torta mezclado con calor humano y que secaran esas pieles húmedas del sudor que se iba gestando con la espera.
Bastó un poco más, el metro entraba hacia los andenes. Veinte minutos fue el total de tiempo para llegar de una estación a otra, de División del Norte a Eugenia. Los rostros cada vez se veían más favorecidos, la niña de mi lado murmuró a su papá – ¿Ya vamos a llegar? Estoy aburrida y tengo sed- El señor asintió con la cabeza y sonrió mientras limpiaba el sudor que corría por la frente de la pequeña.
Llegó el momento en el que el tren parecía atrancar, pero las voces del metro que sólo surgen cuando se anuncia algo importante no callaban, –El servicio en la estación Eugenia -decían con voz de cajera de supermercado- está previamente suspendido, por lo que el tren no hará parada en la estación. Disculpe las molestias.